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VÍCTIMAS DEL TERRORISMO
Por: SOT3. PNP. Esther Echevarria Franco
“No descansaba, no dormía, el suelo era mi cama, el sudor era mi ducha. Baje 5 kilos, mis 19 hombres igual. Tensión y adrenalina era lo que se vivía en esa zona. Dos mil comuneros, cualquiera podía ser el enemigo.”
No tenía idea de cómo empezar. ¿Qué escribiría?, me preguntaba. Parecía que las ideas, se habían esfumado totalmente. Me encomendaron escribir una crónica acerca de un conflicto armado, pero no sabía de que. De repente, se me ocurrió escribir acerca de aquella infame guerra que vivimos todos los peruanos durante más de una década, y en donde murieron muchos compatriotas. Para eso recurrí a un sin número de manuscritos que analizaban el hecho en aquella época.
Sabía que Sendero Luminoso (PCP- SL) fue quien declaró una guerra interna al Estado Peruano, el 18 de Mayo de 1980, en la localidad de Chuschi en Ayacucho. Sabía que las Fuerzas Armadas y Policiales, fueron quienes combatieron a los senderistas. Lamentablemente, esto implicó que algunas acciones y métodos violaran los derechos humanos. Sabía que el 85 por ciento de la víctimas de la violencia armada, se dio en los departamentos de Ayacucho, Junín, Huanuco, Huancavelica, Apurimac y San Martín, siendo el departamento andino de Ayacucho el más afectado, con el 40 por ciento de desaparecidos. Sabía que los peruanos muertos llegaron a sumar 69,280. En fin tenía todo el material, para realizar una crónica que gustara. Pero ¿como podía esto plasmarlo en un papel? No tenía la menor idea.
De repente un día, se me ocurrió entrevistar a alguien que evidenció en carne propia esos años de violencia. Entonces fue cuando toque la puerta de la oficina de mi Jefe, un comandante de La Policía Nacional y comisario del distrito de Chorrillos. ¿Mi Comandante, le podría hacer una entrevista? sorprendido me respondió, que su vida no era tan interesante como para realizarle una entrevista. Pero, al preguntar si había estado en Ayacucho y si había combatido contra los terroristas, un silencio se apoderó de él y por supuesto de mi. Levantó la cabeza y me dijo cierra la puerta y siéntate, es en ese momento donde se inició mi travesía imaginaria hacia esos años de terror y sangre que vivieron muchos peruanos que como él combatieron el terrorismo, pero que con suerte están con vida para contarlo.
Bordeaba el año de 1982, y el comandante en ese entonces Teniente cubría servicios como jefe de la Estación Policial Huamanga en el departamento de Ayacucho. Eran los años donde Sendero Luminoso acrecentaba más su lucha armada contra el Estado y en consecuencia en contra de todos los peruanos. Los senderistas cometían actos de violencia a diario en las localidades de Ayacucho. Dos veces por semana se suscitaban ataques en los distritos aledaños, como resultado de esos actos de sangre, senderistas, campesinos, autoridades, militares y policías perdían la vida. La estación policial donde prestaba servicios el comandante fue atacada en dos oportunidades, y solo en esas dos ocasiones hubieron tres bajas.
“No quería ir. Había muertos, sangre, terrucos, no contaban con luz, carreteras, ni mucho menos teléfono, todo les faltaba, pero el deber estaba por sobre cualquier cosa. La misión que me asignaron era restablecer el orden, proteger a las autoridades y hacer acción cívica, entre otras acciones. No descansaba, no dormía, el suelo era mi cama, el sudor era mi ducha. Baje 5 kilos, mis 19 hombres igual. Tensión y adrenalina se vivía en esa zona. Dos mil comuneros, cualquiera podía ser el enemigo”, narró el comandante.
Durante su permanencia en dicha Estación Policial, él recuerda algo que lo marcó para toda la vida. Una tarde fría de Junio, recibió una llamada alertándolo que, un grupo de senderistas se encontraban en un caserío de uno de los distritos del lugar. Como jefe de la delegación debía ir a verificar, pero una eventualidad cambió los planes. Una orden de parte de sus superiores le impidió ir. Le informaron que un grupo de autoridades limeñas irían a visitar la zona, y él debía prestar la seguridad del caso. Fue entonces que designó a su subordinado y amigo Nico, con el grado de Alférez PNP. al mando de once Sub Oficiales más, para verificar la zona.
El comandante recuerda que los doce valerosos policías, prestos a cumplir su misión, enrumbaron hacia la zona en peligro, pero al cabo de diez minutos de su partida un sonido estridente alertó a toda la estación. Mientras que, un escalofrío intenso recorrió el cuerpo del comandante ¿qué sería ese sonido?, se preguntó. Inmediatamente fue a la radio a comunicarse con la móvil que trasladaba al contingente policial, pero nadie contestó. De repente un guardia gritó ¡¡los emboscaron, los emboscaron, volaron el portatropa!!
El apoyo no se hizo esperar. El comandante (en ese entonces teniente), acompañado por los hombres que quedaban en la Dependencia Policial, fueron al auxilio, sin imaginar lo que espectarían luego. Un cuadro lleno de sangre los dejó perplejos. Los cuerpos mutilados de sus compañeros, estaban regados por doquier. En pie sólo quedó el motor del vehículo. Si algunos de los doce habían sobrevivido, fueron rematados a punta de balazos y con golpes de pico en la cabeza. El Alférez y amigo del Comandante yacía tirado en el piso, sin una pierna y catorce balazos en todo el cuerpo, parecía que matarlos no era suficiente.
El comandante dice que nunca olvidará aquella orden, que le salvó la vida. Así como, nunca olvidará el rostro de firmeza, pero a la vez de inocencia, de su amigo “Nico” uno de los doce caídos. Ni los rostros de muchos de sus colegas al recibir la orden antes de perder la vida durante una guerra infame e inútil que desangró al Perú.
“Nadie me devolverá a mi amigo, lo perdí para siempre, pude haber sido yo. Sólo Dios sabe porque no. Hoy yo puedo estar junto a mi familia y puedo continuar mi historia. Pero mi amigo nunca pudo terminar la suya. Aún recuerdo las lágrimas de su madre que agarrada de su ataúd gritaba porque mataron a su hijo. Nadie le devolverá a su hijo nunca más. Como a mi, nadie me devolverá la paz interior. Yo me siento culpable por su muerte. Fui yo quien lo mandó a morir, aún después de tantos años lo sueño. Mi vida ya no es la misma, ya nunca podrá ser la misma”.
Una llamada telefónica de los superiores, asignándolo estar presente en una reunión comunal para discutir temas de Seguridad Ciudadana, me indicó que la entrevista había concluido. Salí de la oficina sabiendo que hacer, escribiría, de alguien que no buscó ser víctima del terror, de alguien que nunca olvidó el pasado, de alguien que nunca dejó de mirar al frente y hacia el futuro, de alguien víctima del terrorismo.
No olvidemos lo que pasó, para que no vuelva a suceder. |