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Elogio al policía
“Un policía debe poseer la sabiduría de Salomón, la fuerza de Sansón, la paciencia de Job, el espíritu de conductor de Moisés, la bondad de la Samaritana, la estrategia de Alejandro el Grande, la fe de David, la diplomacia de Lincoln y la tolerancia de Confucio”. August Vollmer.
El elogio es un alimento espiritual. Constituye, además, una aristocracia del carácter, pues solo elogia quien no siente en el alma el arañazo de la envidia y es capaz de juzgar a los demás con la conciencia limpia de pequeñeces y recelos egoístas.
Si la mitad de los pensamientos y las energías que son empleados en comentar acremente los errores se dedicasen a encomiar y a estimular a quienes proceden de buena fe, superándose y saliendo del anonimato en buena lid, se obtendría un mejoramiento colectivo indudable. La superabundancia de censuradores y el mínimo número de los que ensalzan a quienes lo merecen son parte importantísima del clima que nos toca respirar. Hay quienes jamás abren la boca si no es para decir cosas en contra de algo o de alguien, pero nunca modulan la frase amable, la lisonja cortés, el elogio justo. Y esto hace falta al ser humano, ya que no solo de pan vive el hombre.
¿A quién podrá extrañarle después de haber leído los primeros párrafos del presente artículo que hagamos nosotros el elogio al policía, blanco de todas las censuras justas e injustas?
Si la censura sistemática deprime el espíritu del hombre, el elogio, en cambio, lo vivifica y fortalece, manteniéndolo constantemente en mocedad. Que otros hagan, pues, la censura del policía; nosotros haremos su elogio.
En el bello pensamiento de August Vollmer, que encabeza este trabajo, están agrupadas las cualidades que, a juicio del ilustre ex profesor de la Universidad de California, debe poseer un custodio del orden.
En todo verdadero policía existe una veta inagotable de abnegación, bondad, altruismo y filantropía.
A poco que se examine la función que al policía le toca desempeñar en la sociedad se comprueba que toda ella va encaminada a procurar el bienestar de sus semejantes, manteniendo el orden público y restableciendo el derecho perturbado por la acción antisocial del malhechor.
Solo por esto el policía merece la consideración y el respeto de todos los ciudadanos, cuya conducta no interfiere el límite de la ley.
En el estado actual de la civilización, los pueblos no pueden vivir sin Policía. La ausencia de esta institución acarrearía tan graves desórdenes que no sería exagerado decir que sin ella los hombres volverían a las costumbres bárbaras de la época del Talión.
Basta recordar, en apoyo de lo que decimos, lo ocurrido en diversos países a través de su historia, cuando con motivo de graves perturbaciones en el orden político y social ha sobrevenido la quiebra del ordenamiento jurídico, quedando disuelta o quebrantada la autoridad policial.
La función policial constituye, por sí sola, una disciplina del carácter. El hombre que abraza la profesión de policía precisa poseer vocación inquebrantable, valor personal, abnegación a toda prueba, desapego por la vida, entereza moral y amor hacia el prójimo. Quien no posea estas cualidades en grado elevado, jamás podrá proteger la propiedad y la vida ajenas ni combatir con éxito la delincuencia, y mejor sería que no intentase siquiera ingresar a la Policía.
Nos referimos, naturalmente, al ‘verdadero policía’, que es aquel quien convierte el cargo que desempeña en una carrera profesional llena de altruismo e hidalguía.
En la Policía, el individuo tiene que despojarse un poco de su individualidad para diluirse en el contenido del grupo o clase a la que pertenece y solidarizarse con la colectividad social en cuyo seno actúa profesionalmente.
Lo imprevisto es el compañero inseparable del policía. Cuando el custodio del orden abandona el hogar para dirigirse a su servicio no sabe si al despedirse de la madre, de la esposa y de los hijos volverá a verlos. Ignora entonces si esa cariñosa despedida será la última, porque en la calle todo es riesgo para él. Y esta profesión tan ingrata, llena de peligros, constituye para muchos motivo de vilipendio.
Cuida el policía del anciano, ampara a la mujer, protege al niño, atiende al débil, socorre al necesitado, auxilia al herido, realizando con abnegación y altruismo todas esas buenas acciones que tanto ennoblecen la vida.
Vela, día y noche, por la propiedad ajena. Protege la vida del prójimo aun con el sacrificio de la propia. Cuando el ciudadano duerme, el policía ronda y vela su sueño. Acude presuroso al sitio de mayor peligro cuando lo requiere la llamada del deber, y allí donde otro hombre retrocede atemorizado, el policía avanza, porque no le está permitido ni puede atemorizarse. La muerte lo acecha en cualquier parte, y hoy cae uno y mañana otro en el sagrado cumplimiento de su misión, porque jamás se sabe cuándo sonará la hora de partir.
Y, sin embargo, a pesar de todos estos sacrificios, qué crítica tan despiadada se ceba en el abnegado policía.
Si las personas que tan acremente censuran a la Policía ingresaran a la institución, de fijo cambiarían de opinión, radicalmente, al ver cómo son en realidad las cosas por dentro.
Finalmente, tengamos presente que la censura sistemática e injusta deprime el espíritu del policía; pero el elogio y los honores justos y merecidos lo estimulan en la perenne lucha contra los enemigos de la sociedad, porque el policía también es un ser humano.
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